27 mar. 2009

3 DIAS FINALES

Para Jenny por el hermoso recuerdo

Era viernes y merodeaba por las antiguas calles limeñas del centro, con el sol a punto de marcharse y dejarme huérfano de calor. Se encendieron las luces del Jirón de La Unión, las aves cruzaban pausadas el cielo hacía conciliar el sueño y yo pensé: Aquí debió estar no hace mucho Vallejo, y hace poco algún otro genio del cual no existen registros. Bien. Es suficiente soledad por hoy.

Entonces como traída por los divinos apareció nuevamente en mi vida los ojos risueños de quien alguna vez destrozó mi corazón a latidos, para atormentarme una vez más, quizás para finalmente matarme de amor.

-Niño de mi barrio- saludó y se sentó a mi lado en la banca antigua –es una pena que las aves se fueran a dormir, me gusta darles de comer. ¿No dirás nada?
-Hola, sigues tan bonita como siempre- respondí sin atreverme a mirarla a los ojos.
-Y tú tan hermoso como nunca.
-Me encantan tus mentiras con respecto a mi físico.
-¿Como sabes que son mentiras?- dijo, y por fin la miré, sonreí al comprobar que seguía tan linda y deseable como a sus catorce años. El viento sacó unos pocos cabellos que su oreja aguantaba y cubrió sus ojos, sopló y sopló y no pudo quitárselos, tuvo que hacerlo con sus manos, y yo al ver esta maravillosa reacción femenina me conmoví.

-Dicen que la belleza más importante es la interior- comenté.
-Lo dijo algún feo o fea y la idea se esparció por el mundo, lo único que logró es que la gente no tratara de ser mejor físicamente, se acostumbraron a sus cuerpos, a no cuidarse, y solo se preocuparon del interior y tampoco lo lograron.
-Posiblemente.
-No me vas a decir que estoy bonita.
-Ya te lo dije.
-Pero ahora mírame y dime que estoy bonita.
-No. ¿Qué harás esta noche?
-Vine para quedarme contigo- respondió sonriente –¿Quieres caminar?

Con esta pregunta comprendí que la amaba y que la amaría por el resto de mis días, porque dije "sí" sin pensarlo, simplemente actuando bajo el mando de su voz y de la noche que era mía, como las noches, como la vida que era nuestra pero que inconcientes la dejábamos pasar sin aprovecharla. Y ese anochecer nos fuimos pegaditos hacia el puente Trujillo y rumbo a Ate a vivir el poco tiempo que nos quedaba de vida, juntos.

Cuando llegamos a la puerta del edificio donde alquilo una habitación dudé si era lo mejor para nosotros estar juntos nuevamente, olvidando lo peligrosos que habían sido siempre nuestros encuentros. Ella ya era comprometida y yo, bueno, yo seguía solo pero con la firme convicción de hacerme escritor en un país sin lectores, mi tenacidad era lo único y mi talento estaba por ser probado.

-Subiré contigo- se adelantó sospechando de mis dudas –iré hasta arriba y me iré el lunes.
-Eso no está muy bien porque nos moriríamos de hambre.
-De todas maneras moriremos algún día.
-Si pero que al menos sea un final honorable.

Subimos y contra todo lo que se supo hasta entonces no discutimos. Algo había cambiado, y no era precisamente los efectos de la madurez. Me aconsejó unas cosas, me animó a escribir y a llorar cuando tenga que hacerlo, a enamorarme y a no temer que me conozcan, a comunicarme y conocer a una hermosa mujer para cumplir mi sueño, aquel de los tres hijos en una sola mujer, y dejarles de herencia un hermoso recuerdo, que al final es lo único duradero hasta la muerte.

¿Quieres hacerme el amor? Dijo ella.
No arruinemos algo tan hermoso- respondí. Luego, me puse a llorar en su regazo mientras que me acariciaba la frondosa cabellera con sus deliciosas manos. Las dos noches dormimos tomados de la mano, no comía ni bebía, simplemente merodeaba rebuscando hasta el minino detalle, levantando libros haber si encontraba algo debajo, ordenando, retirando el polvo. Era bueno, después de mucho tiempo mi habitación estaba impecable.

Durante el día salíamos a caminar largas distancias fatigados tan solo por el problema económico. –Todo esto cambiará- me decía – cambiará por todo lo que haces para reponer tu generación.
El domingo junto al sol se fue hacia el baño y oía el fuerte chorro, imaginando como su tersa desnudes se mojaba.
¡Julián!- gritó y las mayólicas alborotadas me dieron el anuncio en eco.
Corrí hacia la puerta que había sido dejada abierta.
-¿Qué pasa? dulce pequeña de sonrisa estelar- le dije, ella deslizó el vidrio y me mostró un amplío cielo donde pude ver todos mis sueños perdidos.
-Te engañé- dijo sonriente.
Luego llevamos a la práctica los pecados que nos habían prohibido durante los días de nuestra infancia, en los domingos de escuela dominical en la iglesia.

Sin seguir las prescripciones de la religión no estuvo el lunes para el “buenos días” del milagro que me llevaría a pedir su mano; amanecí solo con el mensaje electrónico de un final inesperado. Ya no era yo ni ella fue nunca la de los últimos tres días, pero es el dolor que cargo la herencia del “hubiera” aterrador que me atormenta cada día. Hubiera ido a su casa a buscarla y gritarle tanto amor guardado, talvez me hubiera amado o tal vez no.