4 abr. 2011

HABÍA UNA VEZ UN HOMBRECITO Y UN DIOS QUE LO QUERÍA


Vengo de una tierra llena de abundancia, a donde no ha llegado la moda, la avaricia y todas las rarezas del hombre moderno. Su nombre es San Antonio de Pichiu, un término quechua que significa Gorrión. Nací ahí hace 22 años.

Lo que voy a escribir a continuación nadie se lo cree pero igual lo voy a contar; yo recuerdo el preciso instante en que nací, estaba en plena oscuridad y vi una puerta debajo de mí, y una voz me decía que no tuviera miedo, que saliera por esa pequeña puerta; salí y no recuerdo más.

Durante la infancia lo que más me acercaba a la literatura eran los cuentos de terror que me contaba mi abuela paterna para poderme dormir, debido a ese miedo que había sembrado en mí tuvieron que amamantarme y compartir conmigo la cama mis padres hasta los seis años. Mi papá al darse cuenta que eso era anormal decidió trasladarme a una habitación donde atendía a las personas enfermas que venían a verlo. Mis padres se iban a dormir y me dejaban en esa habitación. Siempre pensé que debajo de esa cama donde habían muerto muchas personas vivían serpientes, felinos, osos; por esa razón tenía miedo incluso de sentarme al filo de la cama y balancear mis piernas.

Mis padres tenían por costumbre la soledad, decían que los amigos sólo te podían llevar por el mal camino, así que trataban de mantenerme aislado por así decirlo, me daban tareas domésticas y cuando terminaba ya era de noche y los niños estaban acostados conciliando el sueño, así que crecí más pegado a los caballos, mulas y burros; vacas, changos, cerdos, gallinas, pavos, patos y sobre todo a los perros, es increíble todo lo que se puede aprender de los animales, sobre todo de los perros, de ellos aprendí la lealtad a los amigos, comprendí que de alguna manera amar también es resignarse a la partida.

Me alejé de mis padres a los nueve años y comencé a vivir con mis hermanas que no soportaron los cambios típicos de mi adolescencia, y me mudé como seis veces con personas distintas ajenas a la familia, viví un tiempo en un restaurantes haciendo mis tareas en la azotea, aunque hacer es mentir porque en realidad me quedaba mirando a los autos, podía quedarme sentado horas mirando hacia un sólo lugar. Hubo gente que creía que uno de esos días moriría, otros que pronto despertaría de ese sueño. Y así pasó, el amor me despertó, no estaba atento a mi existencia hasta entonces, supe que tenía cabello y había que peinarlo, tenía un zapato y lo lustré. Ese muchacho torpe fue alcanzado por la vanidad y salvado de la muerte.

A los trece me acerqué a la creación literaria, traté de dejarlo muchas veces pero la soledad, la tristeza, la desesperación, el amor y todo lo que adorna nuestro destino me hacían volver a la hoja Word en blanco, me gustaría abandonarlo pero me convertiría en ese montón de gente que por el miedo a enfrentar su destino enloquecen o simplemente existen sin vivir, así que trato de entregarme por completo cuando ejerzo el oficio de escritor.

RETORNO A LA SEMILLA es la vida y la muerte, es el papel que nos toca en este mundo; enamorarnos y decepcionarnos, ya sea de las personas o de nuestra madre la sociedad, es la muerte en las historias que se refieren al padre de nuestro personaje principal, quien ha quedado prendado de quienes ya tienen el libro.

La obra tiene su lado social, aunque bastante discreto. Un hombre luego de leer EL SEDUCTOR DE LAS MASAS (uno de los relatos) me confesó que se sentía más aliviado cada vez que transgredía las leyes. Todos somos corruptos, siempre sacamos ventaja del poco o mucho poder que tenemos ya sea sobre algo o alguien. Tenemos la inteligencia para crear leyes pero no una naturaleza capaz de acatarla. No nos sorprenda elegir mal a nuestro próximo gobernante, un ser humano sabio puede hacer una buena elección pero basta darle el poder al pueblo, a las masas para que hagan algo verdaderamente torpe. Como por ejemplo el pueblo israelí, que esperó por 400 años al mesías y cuando llegó lo crucificaron. Hablando de religión soy creyente en un Dios bastante singular, mi familia dice que algún día recibiré el llamado divino y tendré que realizar la obra que hizo mi padre por muchos años, que es evangelizar.

Hay mucho por hacer, no sólo por nuestro país sino por la humanidad, muchas veces pensamos que no tenemos responsabilidades por el hecho de no tener cargos, pero nosotros sin proponérnoslo somos el reflejo del futuro de muchos niños y debemos ser ejemplo para que ellos nunca dejen de creer.

Siempre pensé en esté día y en la emoción que sentiría, en la felicidad que podría darme un libro, sin embargo, siento una extraña sensación que se parece mucho a la felicidad pero que no es; y eso me alegra, me hace feliz no estar feliz, porque una vez conocí a una poeta, un genio, que me decía que siendo feliz no podía escribir, que un escritor lo único de valor que tenía era la tristeza, que con la felicidad terminaba la creación. Algo de cierto tiene esta teoría, porque este poeta un día alcanzó la felicidad y se puso tan triste que no pudo escribir más y se murió.

Debo confesar con verguenza que las historias nacen de experiencias personales, no voy a pretender ocultarme detrás de la ficción, hay mucho de mí en el libro, en él están trozos de mi corazón.

2 comentarios:

Belleza Negativa dijo...

Me parece que esa teoría acerca de un escritor feliz no escribe más... es muy curiosa, yo hace más de un año que no he vuelto a escribir, y no me considero feliz, supongo que tengo mi fuente de inspiración muy lejos...
Encantadoras frases =D

Jorge Ampuero dijo...

De una u otra manera siempre hay una parte nuestra escondida detrás de cada escritura. Todos los éxitos para tu Obra.

Saludos.