8 sept. 2011

G E R A L D I N E, LA PRINCESA DE LAS FLORES


Dónde estarás Geraldine mientras yo veo bajar la niebla. Estarás acostándote con muchos navegantes en las calmadas aguas del Amazonas, tal como te aconsejé el día de nuestra despedida, o estarás escribiendo poemas tal como me mentiste para no hacerme llorar. Este invierno me hace recordarte porque fue la temporada en la que nuestro romance comenzó, alcanzó su apogeo y aparentemente terminó; así de fugaz tal como todas las cosas hermosas, sin embargo eternas en el recuerdo.
El día que te vi llegar no sospeché que te quedarías en mi mente más de un mes, como sucedía con todas las demás.
─Hola, ¿qué lees?─ me preguntaste.
─KAFKA─ respondí, extrañado de que alguien me hable de repente en la sala de espera en la clínica dental.
─Tienes algo que ver con la literatura─ me preguntaste, no sé por qué insististe si yo había sido tan cortante, frio.
─No, por Dios, nada que ver, encontré este libro aquí─ te contesté.
─¿A qué te dedicas entonces?─ preguntaste quitándome el libro. Yo, pesimista, no podía creer como una joven tan bonita se interese en mí. Miré para todos lados desconfiado.
─¿Dónde está la cámara escondida? ─te dije─ es común este tipo de bromas, luego lo ponen en internet para que todo el mundo se ría.
─Te hablo para no aburrirme mientras espero ─me contestaste. Yo me esperaba otra cosa, no una sinceridad tan horrorosa.
─Soy un ladrón ─respondí a tu pregunta─ le quito lo que con tanto esfuerzo consigue la gente. ¿Qué hay de ti?
─No hago nada, estoy tratando de encontrar para qué soy buena, el año pasado acabé el colegio. Tal vez me vaya a la selva, siento que tengo que ir allá.
No había nadie en la selva, pero querías irte igual, subirte a esos enormes barcos que llevaban animales de contrabando, changos y guacamayos; tortuguitas y felinos. Todos tenemos un lugar que nos llama, a mí me llama Chipre, no sé.
Mientras hablábamos trivialidades, entró la enfermera y nos interrumpió llevándote a la sala de operaciones, estuve atento a toda la conversación. Si. Problemas en los molares, la quinta vez que vienes, el médico conoce a tus padres que al parecer gozan de gran fama en la ciudad, ¿qué más?, nada más. Sólo el resonar del pequeño limador de dientes. Brrr… brrr… brrr…
Ahora era mi turno, le sacaron placa a toda mi cara para decirme que necesitaba una inyección. Bien, qué podía decir. Me la pusieron y ahora toda mi cara estaba adormecida.
Al salir me esperaste, tenías la sonrisa blanquita, brillante; mientras yo no podía sonreír, no podía mover mi cara.
─No siento nada, podrías darme una cachetada ─bromeé con la cara inmóvil.
─No importa, igual no la necesitas para trabajar ─dijiste y al notar que era un sujeto del silencio, continuaste─ ¿le robas a cualquier?
─No, sólo a la gente que tiene mucho dinero y alardea de ello ─te expliqué sin ser convincente.
─Vamos, te quiero invitar algo ─dijiste con amabilidad. Pero por qué a mí, en esa misma sala de espera había dos jóvenes como yo, mucho más guapos y quizás con más dinero, con más futuro.
─Está bien, escuché que tu familia tiene mucho dinero y fama, ¿Quiénes son?
─A mi papá le dicen el REY DE LAS FLORES ─dijiste, con algo de vergüenza.
─¿Alguien puede ser rico y famoso vendiendo flores? ─pregunté.
Tu padre, el floricultor más exitoso de este pobre país, tal parece que sí. Sus flores son amadas, por todos los muertos, santos y amantes de esta ciudad triste y gris.
Nos fuimos a comer, para ser claro, tú comiste, yo llené la barriga con mucha gelatina y flan. Te confesé que vivía solo, muy cerca de ahí, tú que eras unas persona libre siendo tan joven, que podías quedarte conmigo esa noche y todas las que yo quisiera. Yo te dije que con uno era más que suficiente. Terrible, ni siquiera yo me conocía, fuiste a casa y no pude decir adiós por siete días que parecieron instantes, pues estuve dentro de ti 168 horas, hasta que te fuiste dejándome un surco profundo sembrado de pena.
Recuerdo cada segundo de esos días, aunque no viene al caso, contaré esa riña que tuvimos porque yo había terminado sobre tu casaca favorita.
─Lo arruinaste desgraciado, imbécil ¡no podías apuntar a otro sitio! ─me gritaste.
─No te preocupes eso desaparece ─me defendí, seguro de mi respuesta.
─¿Cómo sabes que desaparece?
─Pues sí, una vez me masturbé, me quedé mirándolo hasta que desapareció en unos diez minutos ─te expliqué.
─¿Hiciste eso en serio?.
─Si, y no sólo una vez.
Nos reímos.
Aquel invierno era fácil superar las riñas, incluso aquellas que tenía conmigo mismo. Bastaba para ser feliz mirarte en el baño arreglándote no sé para qué, si nos quedábamos dentro de la cama todo el día, saliendo un rato al supermercado por la noche, para comprar: pan, leche, manjar blanco, gaseosas. Mirarte poner canciones, teclear mensajes de texto a tu padre que por tanto trabajo no podía ni sospechar dónde y con quién estabas pasando tus días.
Pero no podías más, tu corazón que era ave viajera me dijo de repente adiós, sin ninguna explicación pero con algunas promesas.
─Tú no eres un ladrón ─me increpaste.
─No, no lo soy ─confesé.
─Eres un autor─ y fui descubierto de la peor manera: mostrándome como todo un sentimental.
─No hay problema, tú no lo sabes tampoco, soy poeta.
─Debe ser por eso que nos llevamos bien ─acoté y no hubo más.
Extendiste las alas para partir prometiendo escribir mucho, y yo te aconsejé: No lo hagas, sé feliz, has el amor con muchos navegantes del Amazonas. La literatura no lo vale.
Ahora en este horrible invierno tuve que salir, dejando sola a la contestadora que repite: prrr… prrr… prrr… Hola, soy Efer Soto, se me acabó la plata y me tuve que ir a trabajar.

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