14 oct. 2011

PROPUESTA INDECENTE


Era mi tercera noche en el acorazado, en ese universo de misiles, en ese mundo lleno de caretas, cuando ese hombre dócil se me acercó temeroso. No sabía cómo distinguir su verdadera edad. Llevaba una mascara tersa y me pregunté: ¿Quién estará ahí detrás?. Ni calcular mirando sus manos, pues llevaba guantes blancos. Magna elegancia.

Me trató con amabilidad en las tres cuatro oraciones que armó para referirse a mí. Aunque en cierto momento noté demasiada melaza en sus labios, no terminó por fastidiarme.
―Me agrada la gente como tú, que persigue sus sueños ―dijo él.
―Es mi tercera noche mar adentro, es poco para saber que tanto aguantaré en estas aguas ―le conté.
―Sé que mucho ―se apresuró, casi cortándome.
―No sabes que tal es mi desempeño con los misiles, no me has visto en combate ―le respondí sin dejar de ver esos ojos negros hipnotizadores. A juzgar por las delgadas líneas de los bordes, debía tener más de cuarenta años.
―No vine aquí para hablar de eso ―dijo, cambiando sorpresivamente de tema– vine porque me pareces un joven agradable, me gustas.
―¿Ah?―dije, ahogándome casi con el oxigeno salado y metálico.
―Si, tengo un trato para ti.
―Bueno, dime, si se trata de afinar mi talento para el combate estaré agradecido ―le comenté. Él soltó una risotada.
―Muchacho esto es una fiesta, ya no estamos en guerra, la armada enemiga regresó a su nación ―me calmó– el trato que tengo es que tengamos una noche apasionada, estoy dispuesto a pagarte.

El hombre de la mascara me había agarrado frio. Me puse furioso y lancé una risa falsa que algunos compañeros alcanzaron a escuchar.
―Antes que digas una palabra, déjame decirte de cuánto se trata ―continuó― son cien dólares.
Retrocedí y me escondí entre mis amigos.
José Pinto, uno de mis amigos me pasó una cerveza al ver que me acercaba.
―No tienes idea de lo que me acaba de pasar ―le dije.
―Qué, seguro hay un extraterrestre en la fiesta, seguro está de incógnito ―me contestó. Él siempre tuvo curiosidad por lo paranormal, juraba incluso que hace unos años en el puerto del Callao una extraterrestre le había enseñado todo lo que hasta hoy sabe del amor.
―Nada de eso ―le respondí― hay un hombre que me dijo para tener sexo.
―Tú y yo, o tú con él ―me dijo.
―Para qué va querer que tengamos sexo, tú y yo ―le dije riéndome.
―No sé, hay cada enfermo en el mundo.
―El caso es que me ofreció cien dólares.
―Así de rápido, mínimo que te invite un café. Como se nota que no te conoce, sabría que te volteas con solo hablarte bonito. Si yo fuera marica, por ti no daría ni cinco dólares.
No le vi ninguna gracia, pero él no paraba de reírse.
Conversamos unas cosas triviales, poco a poco empezaba a pasar a un segundo plano el incidente con el hombre completamente enmascarado.

Horas después, con el tema completamente olvidado, fui hacia el baño, cuando salí me crucé con el hombre.
―¿Lo pensaste mejor? ―preguntó.
―Señor se confunde conmigo ―le dije con firmeza.
―Muchacho, no me digas señor, soy casi tan joven como tú ―dijo calmado.
―Sácate la mascara ―le increpé. Él se negó, supe entonces que no era ningún joven. Se había quitado los guantes, así noté sus arrugadas manos.
Cuando pensé que no insistiría más y me dispuse a retirar, me tomó del brazo y dijo casi perdiendo el control de sus emociones: Que sean doscientos dólares, que digo doscientos, ¡doscientos cincuenta!
Yo sacudí mi brazo con violencia, respiré hondo y le dije animándolo a mirar hacia mis amigos: Mira a todos esos chicos, bastante lozanos y llenos de vida. Note sus brazos, parece que podrían demoler las piedras ¿no?, pues ellos odian a los homosexuales, adoran repartirles patadas y puñetazos.

El hombre acomodó su saco, su corbata y dio medio vuelta, luego me miró doblando el cuello. Con odio. Yo no cambié de parecer.
―Consigue sexo con la vieja usanza ―le dije.
―Esta es la vieja y la más usada “usanza” estúpido ―me contestó.
Yo me quedé consternado. En el mundo, hay más gente teniendo sexo por dinero que por amor.