25 jun. 2012

POLICÍAS Y LADRONES I



Ahí estaba, frente a la puerta de madera, con la gran duda de patearla o no.

Algo muy dentro de mí me decía que al otro lado cocinaba plácidamente Camila Montero, temible cabecilla de un grupo de marcas, que había desvalijado a quince de los más adinerados y explotadores empresarios de esta pobre ciudad.

Mientras contemplaba la puerta, me entró algo de cobardía, pensaba si no era un error ejecutar esta operación sin ninguna clase de ayuda. Pero no tenía de otra. En esta ciudad de policías corruptos, este trabajo tenía que realizarse en solitario, como los más bravos justicieros del oeste. ¿Tenía planeado llevarla a la cárcel?, claro que no, ya que saldría en unos días luego de comprarse a un juez, pues Camila Montero, ha sido capturada infinidad de veces, y siempre sale, riéndose de sus captores, incluso matando a algunos.

Tragué saliva y fui por ella. Abrí la puerta de una potente patada. Uno, dos, tres pasos, apunté en todas las direcciones con mi arma. El lugar parecía despejado. Pronto al ambiente lo atrapó un silencio frío, entonces supe que algo terrible estaba por suceder.
Camila Montero, como si fuera una araña, saltó encima de mí.
—¡Maldita perra! —grité apenas, pues tenía mi cuello sujetado con fuerza. La tomé de la cabeza y la tiré al suelo por encima de mí. Ella cesó de atacarme pues estaba en el suelo, retorciéndose de dolor.
Saqué mi arma de inmediato y grité:
—¡Arriba las manos! 
Montero se paró a duras penas. Seguía adolorida, se sobaba la espalda baja. Noté entonces su hermoso trasero.
—Cómo es posible que los periodistas jamás le hayan tomado fotos de ese ángulo —pensé.
—¡Las manos a la pared! —le ordené— separe las piernas.
Camila Montero maldecía, pero acataba mis órdenes, se dio vuelta y puso frente a mí su trasero colosal.
—Te gusta ¿no? ¡Maldito perro! —me gritó.

Guardé mi revolver en el cinturón y fui a revisarla. Rebusqué toda su blusa para ver si escondía un arma, la manoseé las tetas. Bajé un poco, revisé su cintura, su pantalón, los bolsillos, la entrepierna. Finalmente manoseé su trasero.
—¡Maldito perro! —gritó nuevamente.
—¡Cállate! —le ordené y la abofeteé. Luego seguí amasando ese gran trasero. No pude resistirlo más, saqué esas gigantescas nalgas del jean y le di unas palmadas sonoras.
—Con que te gustan las cosas malas ¿no? —dije, como poseído, estaba fuera de mis cabales. Me saqué el miembro y la enterré, sin ninguna caricia de por medio. Capturé su larga melena, la enrosqué en mis brazos y estuve dándole duro a ese hermoso cuerpo. Le caí con todo el peso de la ley. Hasta que pocos minutos después, ambos nos rendimos al suelo.

Me paré con dificultad, mi arma (la metálica) se había metido entre mis nalgas. Camila Montero se quedó tirada en el suelo, con el pantalón y el calzón a la altura de las rodillas. Una de sus tetas estaba fuera de su blusa. Acomodé mi arma (la de carne), y me fui a la cama.

En unos minutos llegó mi mujer y se recostó a mi lado.
—Te amo. Me encanta estos jueguitos —me dijo.
Yo le di un tierno besito.