2 jul. 2012

POLICIAS Y LADRONES II



Estaba en la esquina, contemplando de lado a lado a todas mis chicas. Ellas movían sus colas en un vaivén erótico para atraer a más clientes.
Miré mí magnifico reloj: eran las 3 am. Mis joyas alumbraban toda la calle.
—Es sensacional ser yo —pensé, mientras admiraba mis collares dorados, plateados, de colores variados.
Entonces, una figura femenina ajena a mi paisaje urbano-cotidiano apareció por la esquina. Era delgada, aparentemente fuerte, con una expresión ruda en el rostro. No me cabían dudas, era una poli.
Al llegar a mí, me miró de pies a cabeza. Hice lo mismo. Me olisqueó como si fuera un pedazo de hueso.
—Hoy se acaban tus días de apogeo —me amenazó.
—Vete al infierno —le respondí, cogiéndome el paquete. Grave error.
Ella lanzó un escupitajo sobre mis brillosos zapatos de cuero. Me enfadé y le lancé un duro golpe directo al rostro, pero ella, ducha en las artes marciales me tomó del puño y en un rápido movimiento me redujo al suelo, como si yo fuera un niño. Luego me tomó con violencia de los huevos haciéndome gemir del dolor.
—Perra —la insulté, apenas, con una voz de niña.
 Ella me arrastró hacia la puerta de un hotel que estaba a dos casas. Me ordenó pararme e ingresar. El lugar era terrible, con luces de neón por todas partes. Pidió una habitación y subimos, en ningún momento soltó mis bolas. A esas alturas debían haber reventado. Fácilmente Gastón Acurio hubiera hecho una tortilla.
Ya en la habitación, me tiró a la cama y sacó un arma, me apuntó a la sien y me ordenó quitarme la ropa. Lo hice rápido, recuerden que de eso dependía mi vida. No era cuestión de juego.
Alguien empezó a tocar la puerta violentamente. Pero la poli no hizo el menor caso. Me hubiera dado igual que entre otro poli pero que me salvara de esa violación a los derechos humanos.
Ahí estaba yo, calatito, con el frio cañón de la pistola apuntando a mis huevos.
—¿Qué quieres? —le pregunté. Seguía con mi voz de niña.
—¡Páralo cabrón! —me dijo.
—Cómo mierda lo paro si estas encañonándome los huevos.
Se colocó el arma entre las tetas, se bajó el pantalón y me jaló la cabeza hacia su entrepierna.
Afuera, habían murmullos: Es Julián Bello, una poli le ha atrapado, decía una vocecita. Era Débora, la más aplicada de mis chicas.
—Santo Dios, esa poli es una come-hombres, pobre Julián —dijo otra vocecita. Era Vanessa, la más chiquita y juguetona de mis chicas.
Estuve por diez minutos lamiendo esa araña que expulsaba telaraña liquida. El dolor de mis huevos cesó y por obra del demonio, logré una erección.
La poli me tiró de la cama y montó el adolorido corcel, con tal violencia, que yo del puro miedo, miraba de vez en cuando, de reojo, mi magullado pene, para ver si seguía en su lugar, pues temía que de tanto sacudón se hubiera desprendido de mi cuerpo.
Si tuviera que definirlo en una palabra sería: aterrador.
Cuando finalmente alcanzó el vértigo que quiso, se bajó y se fue al baño. No sin antes amenazarme —cuidadito con irte, hijo de perra.
Tenía la espalda mojada, me di la vuelta y descansé boca abajo.

—Qué lindo culito —dijo mi mujer al volver.
—Lo que no quedó lindo es mi pobre pene, la próxima erección que tenga será como una rosca. Mi pene quedó como la cola de un chancho.
—Perdóname si fui tosca —se disculpó.
—Descuida, todo sea por mantener la llama de la pasión —le dije.
—A mí me encantó —comentó.
Yo le di un tierno besito.