11 mar. 2013

ALEGRÍA I



Me enamoré de ti apenas te vi, como suelo enamorarme siempre. Para mi buena suerte también sentiste atracción por mí, algo que no me sucede siempre. Recuerdo aun nuestro primer beso, luego de escapar de los amigos, muy cerca de la iglesia La Resurrección. Delicados labios, cintura pequeña, cabellos rizados, piel de trigo. Adolescente todavía, tenías acné a la altura de la frente, pero tú decías que era alguna alergia. Me da igual, todavía amo tu  frente, así como el turquesa intenso de tus uñas. Aquella noche sentí amor por ti, espero no te preguntes qué clase de amor, solo te diré que ese amor que siente un hombre por una mujer y hace que estén juntos, que se besen, que paseen los domingos buscando un lago donde darle duro a los pedales para mover un bote cisne. Un amor que me hace escribir tu nombre en mi cuaderno de poeta debutante, titular con tu nombre a un cuento corto, recordar de repente tus caricias y besos cuando empieza a sonar –hasta que te conocí- de Polaco. Qué se yo. Siete años después no pasa un día que no deje de pensarte, no es que esté traumado u obsesionado, es solo que diariamente suelo recordar lo bello de mi vida, y en ese pequeño grupo, estás tú, junto a mi madre, mis tres hermanas, un anciano sabio que conocí en los Andes, y algunas personas que no vienen al caso. Recuerdo que me amaste con sensualidad y exuberancia, con peligro y adrenalina, como aquella vez que nos amamos en un parque y después fuimos a un hotel por más. Como el día que invadimos la casa de un familiar. Me hiciste tan feliz, me hiciste sentir la vida. ¿Pero qué te di a cambio después de tanto que me diste? no voy a contar los detalles ni acontecimientos, pero fueron solamente cosas malas. Lo que reforzó mi idea de que soy una persona mala, que tengo un demonio adentro, como Majin Bu. Bien decidido tienes eso de no volver a hablar conmigo, ni no considerarme tu amigo, de borrarme de tu recuerdo, porque de ti nada merezco. Espero con toda sinceridad que lo hayas conseguido, porque sé que te haría feliz y no hay nada que yo quiera más que verte feliz. Te vi la otra vez, íbamos por la misma calle, en unos segundos nos cruzaríamos, pero para que tu vida siga su curso natural, crucé a la vereda del frente. Y ahí me quedé mirándote a través de los cristales de un restaurante. Caminaste con ese andar pausado, sensual, esta vez junto a tu hija. Te detuviste a esperar a alguien, que llegó pronto corriendo y reclamando algo. Él debe ser tu esposo, y aquella la rutina de un matrimonio feliz. Te admiro tanto porque tuviste la inteligencia de abandonarme. Si yo pudiera también me abandonaría.