7 nov. 2013

Fragmento: BALADA PARA ZORRITA

imágen: internet

Orlando soltó una carcajada y preguntó: ¿Alguna vez estuvieron en una paja grupal? Eso seguramente hacen los cabros.
―No ―se apuró en contestar Josep.
―Yo estuve en situaciones muy extrañas, pero jamás en una paja grupal ―comenté.
―Por ejemplo… ―dijo Elvis.
Empecé a contarle una anécdota con Geraldine, que había sucedido hace unos días:
Estaba una vez en la casa de los patrones de mi flaca…
―Estuviste con una natacha ―me interrumpió Pablo.
―Métete la lengua al culo, deja que cuente puta madre ―gruñó Orlando.
Yo seguí:
No sé si era natacha. Me contó que era la enfermera de un anciano, pero que esa noche él estaba en Mancora junto a su hijo que tenía una casa allá. Así que teníamos la casa para nosotros dos. Era una casa gigantesca, solo la habitación del anciano era como toda tu casa. Llegamos, comimos y al asunto. Fuimos hacia la habitación, ella encendió una luz que solo alumbraba la cama, el resto era penumbra. Tuvimos sexo una y otra vez, hasta que nos quedamos dormidos.
―Dónde está lo raro baboso de mierda, son dos mierdas cachando ―gruñó Orlando.
―Todavía no termino ―dije y continué.
Nos quedamos dormidos ahí, hasta que me desperté cerca de las tres de la madrugada con unas ganas de orinar que no podía esperar un segundo más. Me paré, encendí las demás luces, volteé y casi se me sale el corazón del susto, grité como una hembra. Había un anciano bastante flaco en un rincón, tenía tubitos transparentes por toda la cara, estaba vestido con su bata. No dejaba de mirarme el condenado. Para entonces mi enamorada ya estaba despierta y trataba de explicarme lo que sucedía, hablaba y hablaba pero no le entendí una palabra. Solamente me acercaba a él para cerciorarme de que estuviera vivo. El anciano solo movía los ojos para la derecha y la izquierda. En esos instantes me sentí en una pesadilla.
―¡Déjalo! ―gritó ella y yo volví a este mundo― está vivo y no puede mover nada que no sean sus ojos, y sus dedos de la mano izquierda.
Era cierto, movía sus dedos con destreza.
―Tú sabías que estaba ahí ―dije enojado.
―Déjame que te explique por Dios ―suplicó ella me pagó quinientos dólares, la mitad será para ti.
―Hecho ―respondí, se me pasó la rabia, pero al instante salí por la puerta, llegué al jardín y recordé que tenía ganas de orinar, a ello se sumó las ganas de cagar, y lo hice ahí, en pleno jardín.
―Viejos de mierda, son unos enfermos carajo ―dijo Josep.
―Alguna vez vamos a ser viejos también. Cuida lo que dices. Lo que es yo seré un viejo verde ―confesó Elvis.