4 dic. 2013

DUERMEN LOS CERDOS


Tuve una relación muy extraña con mi padre. Creo que estaba loco. No lo culpo, yo también hubiera enloquecido con nueve hijos. Lo quiero.
Uno de los tantos trabajos que tuvo mi padre para poder salir adelante fue el de cirujano de cerdos, aunque la palabra exacta debiera ser, castrador. La primera vez que vi llegar puercos a casa fue cuando tenía unos siete u ocho años y mi padre unos 53.  Llegaban en grupos de tres, cuatro, hasta siete en las mejores ocasiones. Todos esqueléticos. A falta de corral los amarrábamos a todos bajo el árbol de suyruco en nuestro patio, mientras que mi padre preparaba su único instrumento para la intervención quirúrgica: una cuchilla guillet.
-Ya campeón, duérmelo -me ordenaba mi padre.
Dormir a un cerdo es fácil. Los cerdos son amigables, cuando te acercas a ellos no se alejan, es más, algunos se acercan pensando que les darás de comer, a pesar de que no lleves nada en las manos. Tal vez creen que les darás tu mano. Le rascaba la barriga al primer cerdo, que caía rendido al sueño, estirándose en el suelo, con los ojos cerrados. En eso venía mi padre y le ataba las patas, le cogía los testículos, elegía uno al azar y le hacía un corte al escroto. El cerdo empezaba a chillar como un demonio, algo que no parecía preocuparles en absoluto a los demás cerdos.
Mi padre le abría el escroto, cortaba una delgada vena y le sacaba la primera pelota.  Luego repetía la tarea con la otra bola. La zona operada no paraba de sangrar, para esto le echaba yodo, creso, y luego cenizas. La herida parecía cicatrizada en cuestión de minutos. Soltaba al cerdo, que se iba a los lados del camino a comer algo. Parecía no entender la gravedad de lo que había pasado. Le habían arrancado las bolas, y él como si nada. Hacíamos lo mismo con los demás cerdos, cada operación duraba unos diez minutos. Dos meses después, los chanchos estaban gordos. Su valor de 35 soles se había elevado a 200. 
Al final de la tarde había muchos testículos por todo el suelo. Mi padre me ordenaba enterrarlos. Los llevaba a la chacra, hacía un hoyo y los lanzaba ahí. Al volver, mi madre me encontraba con las manos manchadas de sangre y me preguntaba: qué has estado haciendo. Yo le contaba todo. Era muy divertido para ella, y para mí también. 

No hay comentarios: