22 jul. 2014

"VIRGEN DEL ROCÍO"


Una vez conocí a una chica, se llamaba Rocío. Le gustaba hacerme bromas. Era como si en cada conversación quisiera demostrar que ella es una mujer dotada de una inteligencia superior que puede ridiculizar a cualquiera. Ese cualquiera y ridículo casi siempre era yo. Una vez me contó una historia, a la que titulaba “Virgen del Rocío”. Decía que cuando era adolescente la habían invitado a una fiesta, donde había tomado y terminado teniendo relaciones sexuales con alguien. No sabía con quién, no sabía ni siquiera cómo había sucedido. Tenía la certeza de que esa noche había estado con un amigo, solo porque había quedado embarazada. Nueve meses después, estaba dando a luz, pero no sabía nada del sexo. No conocía a un hombre íntimamente. Era como la Virgen María.

Pensé que estaba tomándome el pelo hasta que se puso a llorar.
¿Qué habrá sido de Virgen del Rocío?

14 may. 2014

FERIA DEL LIBRO - Colegio San Marcos Lurín


La primera vez que tuve contacto directo con alumnos, que se hicieron mis lectores, fue en el Colegio San Marcos del distrito de Lurín, a una hora de la ciudad de Lima; precisamente a donde regresé el último 26 de abril, con motivo de la VI Feria Cesar Vallejo que organiza el Grupo Parasomnia, celebrando a la vez, al poeta universal. Una anécdota curiosa fue que por error aquella primera vez, terminé exponiéndoles mi obra a niños de jardín junto a sus madres. Las recuerdo claramente. Pero luego, durante la feria pude conocer a muchos alumnos, entre ellos a Giorgio Hinostroza, un alumno con aspiraciones literarias. En esta segunda oportunidad, grande fue mi sorpresa y emoción al notar que los alumnos recordaban mi nombre, y completaron mi alegría cuando empezaron a llamarme desde el estrado, hasta donde llegué a saludarles y retratar sus rostros para el recuerdo. Es la primera vez que me pasa, que ingreso a un lugar y lectores empiezan a corear mi nombre. Contrario a los escritores que piensan que se escribe para uno mismo, que no les importa ser leídos, yo creo que es bello recibir el cariño y el reconocimiento de los lectores. Cuando escribo pienso en ellos y en hacer el mejor esfuerzo por superarme a mí mismo y sorprenderlos también a ellos. Quienes hacen trascendental una obra son los lectores. Culminado los actos protocolares tuve oportunidad de dialogar con muchos de ellos en sus salones. En uno de los salones pregunté sobre cuántos de ellos habían leído mi libro. Fue grato saber que todos. Noté también en cada una de sus preguntas un verdadero interés, preguntas puntuales, rebuscadas, que puede hacerlo alguien que ha leído con verdadera minuciosidad un libro. Fue un placer conocerlos, aunque a través del arte, las distancias ya se habían roto. Gracias a todos. Son parte de un sueño que se hace realidad.

Durante la firma de libros.
Junto al organizador e integrante del grupo Parasomnia: Luis Medina

4 dic. 2013

DUERMEN LOS CERDOS


Tuve una relación muy extraña con mi padre. Creo que estaba loco. No lo culpo, yo también hubiera enloquecido con nueve hijos. Lo quiero.
Uno de los tantos trabajos que tuvo mi padre para poder salir adelante fue el de cirujano de cerdos, aunque la palabra exacta debiera ser, castrador. La primera vez que vi llegar puercos a casa fue cuando tenía unos siete u ocho años y mi padre unos 53.  Llegaban en grupos de tres, cuatro, hasta siete en las mejores ocasiones. Todos esqueléticos. A falta de corral los amarrábamos a todos bajo el árbol de suyruco en nuestro patio, mientras que mi padre preparaba su único instrumento para la intervención quirúrgica: una cuchilla guillet.
-Ya campeón, duérmelo -me ordenaba mi padre.
Dormir a un cerdo es fácil. Los cerdos son amigables, cuando te acercas a ellos no se alejan, es más, algunos se acercan pensando que les darás de comer, a pesar de que no lleves nada en las manos. Tal vez creen que les darás tu mano. Le rascaba la barriga al primer cerdo, que caía rendido al sueño, estirándose en el suelo, con los ojos cerrados. En eso venía mi padre y le ataba las patas, le cogía los testículos, elegía uno al azar y le hacía un corte al escroto. El cerdo empezaba a chillar como un demonio, algo que no parecía preocuparles en absoluto a los demás cerdos.
Mi padre le abría el escroto, cortaba una delgada vena y le sacaba la primera pelota.  Luego repetía la tarea con la otra bola. La zona operada no paraba de sangrar, para esto le echaba yodo, creso, y luego cenizas. La herida parecía cicatrizada en cuestión de minutos. Soltaba al cerdo, que se iba a los lados del camino a comer algo. Parecía no entender la gravedad de lo que había pasado. Le habían arrancado las bolas, y él como si nada. Hacíamos lo mismo con los demás cerdos, cada operación duraba unos diez minutos. Dos meses después, los chanchos estaban gordos. Su valor de 35 soles se había elevado a 200. 
Al final de la tarde había muchos testículos por todo el suelo. Mi padre me ordenaba enterrarlos. Los llevaba a la chacra, hacía un hoyo y los lanzaba ahí. Al volver, mi madre me encontraba con las manos manchadas de sangre y me preguntaba: qué has estado haciendo. Yo le contaba todo. Era muy divertido para ella, y para mí también. 

7 nov. 2013

Fragmento: BALADA PARA ZORRITA

imágen: internet

Orlando soltó una carcajada y preguntó: ¿Alguna vez estuvieron en una paja grupal? Eso seguramente hacen los cabros.
―No ―se apuró en contestar Josep.
―Yo estuve en situaciones muy extrañas, pero jamás en una paja grupal ―comenté.
―Por ejemplo… ―dijo Elvis.
Empecé a contarle una anécdota con Geraldine, que había sucedido hace unos días:
Estaba una vez en la casa de los patrones de mi flaca…
―Estuviste con una natacha ―me interrumpió Pablo.
―Métete la lengua al culo, deja que cuente puta madre ―gruñó Orlando.
Yo seguí:
No sé si era natacha. Me contó que era la enfermera de un anciano, pero que esa noche él estaba en Mancora junto a su hijo que tenía una casa allá. Así que teníamos la casa para nosotros dos. Era una casa gigantesca, solo la habitación del anciano era como toda tu casa. Llegamos, comimos y al asunto. Fuimos hacia la habitación, ella encendió una luz que solo alumbraba la cama, el resto era penumbra. Tuvimos sexo una y otra vez, hasta que nos quedamos dormidos.
―Dónde está lo raro baboso de mierda, son dos mierdas cachando ―gruñó Orlando.
―Todavía no termino ―dije y continué.
Nos quedamos dormidos ahí, hasta que me desperté cerca de las tres de la madrugada con unas ganas de orinar que no podía esperar un segundo más. Me paré, encendí las demás luces, volteé y casi se me sale el corazón del susto, grité como una hembra. Había un anciano bastante flaco en un rincón, tenía tubitos transparentes por toda la cara, estaba vestido con su bata. No dejaba de mirarme el condenado. Para entonces mi enamorada ya estaba despierta y trataba de explicarme lo que sucedía, hablaba y hablaba pero no le entendí una palabra. Solamente me acercaba a él para cerciorarme de que estuviera vivo. El anciano solo movía los ojos para la derecha y la izquierda. En esos instantes me sentí en una pesadilla.
―¡Déjalo! ―gritó ella y yo volví a este mundo― está vivo y no puede mover nada que no sean sus ojos, y sus dedos de la mano izquierda.
Era cierto, movía sus dedos con destreza.
―Tú sabías que estaba ahí ―dije enojado.
―Déjame que te explique por Dios ―suplicó ella me pagó quinientos dólares, la mitad será para ti.
―Hecho ―respondí, se me pasó la rabia, pero al instante salí por la puerta, llegué al jardín y recordé que tenía ganas de orinar, a ello se sumó las ganas de cagar, y lo hice ahí, en pleno jardín.
―Viejos de mierda, son unos enfermos carajo ―dijo Josep.
―Alguna vez vamos a ser viejos también. Cuida lo que dices. Lo que es yo seré un viejo verde ―confesó Elvis.

29 ago. 2013

ABORTEN LA MISIÓN


No seas incrédulo, todo esto es cierto.
―¿Crees en los extraterrestres? ¿Crees en Dios? ―fue lo primero que me preguntó, ni bien cruzó la puerta, sin saludarme siquiera.
―De qué hablas, quién eres tú ―le respondí. Su nombre era Xavier Arca, tenía unos cincuenta años y estaba muy bien presentado.
―Aquí dice ―me dijo, apuntando hacia un papel― es tu biografía ¿no? Dice que crees en todo este rollo.
Tenía una voz agitada que fue calmándose durante la charla. Me contó un poco de él, era un columnista del Comercio, no muy respetado, su único mérito era ser buen amigo de los gerentes. Hablaba de los mercados financieros, esto y lo aquello, pero según confesó, su mayor pasión era a lo que verdaderamente había venido a la Tierra: a salvarla según él.
―¿Salvar a la Tierra de qué? ―le pregunté.
―Pues de ustedes, los humanos ―respondió de inmediato, completamente seguro de lo de decía― esto no se lo digo a cualquiera, pero te lo diré a ti.
―Dilo ya, rápido, porque esto no parece pero es mi trabajo ―lo apuré.
―Yo sé cómo contactarme con los de arriba, con los extraterrestres. Haz sido elegido para salvar a la Tierra de su destrucción a manos de los hombres ―me dijo, abriendo excesivamente los ojos.
Entonces dejé escapar una sonrisa burlona.
―¡Por eso! Por eso no le digo a nadie esto, porque se burlan de mí. Se lo he dicho a mucha gente pero he tenido la misma respuesta: burlas y más burlas. He sido tratado como un loco. Espero que tú seas la excepción. Yo sé cómo contactarme con ellos porque yo soy uno de ellos.
Me calmé, dejé la burla y decidí dejarlo hablar el tiempo que quisiera, así que siguió.
―En casa tengo los implementos que me permiten hablarles, verlos. Son unos tubos que me entregaron los de arriba. No puedo darte muchos detalles porque es tecnología súper avanzada que no entenderías con palabras ―en eso miré a mis lados, para notar si mi compañero estaba escuchando los asuntos de Arca, pero no, él seguía con los suyo―. Si tú quieres podemos ir a mi casa y podemos conversar con ellos.
―Oh sí, sería muy interesante ―le seguí la corriente.
―Cuando tú quieras muchacho ―dijo, inmediatamente empezó a tocarse todos los bolsillos, del saco y el pantalón. Encontró su billetera, sacó una tarjeta y me la entregó. Luego, sin dejar de mirarme, caminando de reversa, se marchó.
―¡Carajo! ¿Oíste todo eso que dijo el tío? ―le pregunté a mi compañero.
―Para nada, no estaba atento.
―Al parecer salvaré al mundo exterminando a todos los humanos. Nunca había visto a este hombre por aquí ―comenté.
―Yo sí lo vi, es muy amigo de tu hermano, a veces los veo almorzando juntos.
Cuando terminé mi jornada, pasé por la oficina de mi hermano y le consulté sobre Xavier Arca. Cuando le conté el asunto lanzó una risotada que me dejó en ridículo. Una vez calmado, todavía sobándose la barrida por el dolor de la risa, me dijo:
―Ese tío es un loco. Le mete cuento a todos los jovencitos para llevárselos a su casa y seducirlos. Una vez me dijo para ir a su casa y masturbarnos juntos. Yo a él y él a mí.
Salí de la oficina. Mi misión en la Tierra había sido abortada.

17 jun. 2013

ALEGRIA II


Mi amada Piura. Con frecuencia, al caer la negra y bulliciosa noche, me aflora hasta la piel la tormentosa e infame tristeza. Me encuentra solo entre las sábanas sin más defensas que mi llanto para calmar mi alma. Suelo entonces rememorar nuestro verano amarillo del 2003: nosotros adolescentes, delgados y sensuales bajando por la calle 15 de Julio, tomados de la mano burlándonos de los tontos, del mundo nuestro. Piura, recuerdo nuestros cuerpos bajo el árbol de durazno, haciéndose promesas imposibles entre besos y temblorosos manoseos, mientras el Sol se estremece a lo alto encadenado. Mi piel reconociéndose en tu cuerpo pequeño ya preparado para las artes excitantes del amor. Me viene a la memoria nosotros trepando las escaleras del Rimac a jugar a los amantes en la cama de tus padres. Me es difícil olvidarte, olvidarme de los gemidos de tu piel tostada deslizándose entre mis brazos, de mi boca buscando tus labios por primera vez mientras oprimes mi cabeza para ir más adentro. Oh, aquel día sentí humedecer las paredes de esa habitación. Te debo a ti haber conocido el verdadero amor, así este amor ni su historia se asemeje al amor según San Pablo, el que todo lo soporta, el que todo lo resiste, el que todo lo perdona; porque nuestros corazones conocieron el fin siguiendo su intuición, un simple hasta luego que sufrió un accidente y se convirtió en un adiós de tantos años. A menudo suelo escuchar a las personas decir, que la gente que amas desaparece solo si dejas de pensarla. Está bien. Tú estás en mi corazón, pero eso no me basta, no me es consuelo, no me conformo con esta realidad, sin tu cintura apretada a mi cuerpo, sin mis dedos bajando a través de tus cabellos, sin esos pequeños labios y su lengua jugando adentro de mi boca. Hace tanto que nuestras vidas tomaron rumbos distintos. No sé si algún día logres leer estas cartas que te escribo, llenas de añoranza y apasionadas por el recuerdo tuyo. No sé cuál sea tu reacción tanto tiempo después. Piura, ¿Pensarás en mí? ¿Recordarás la hermosa historia de amor que vivimos juntos? ¿Habrá sido suficiente ser tu primer amor para que nunca me olvides? A veces me siento tentado a llamarte, decirte algo tan cotidiano como, hola cómo estás. Pero no quiero alterar tal vez tu felicidad alcanzada, tus sueños que tal vez triunfaron, porque no quiero creer que como yo, tienes el corazón roto, la mente rota, el cuerpo roto. Tengo la realidad destruida, a tal punto que cada noche tengo que escapar a mis ficciones. El destino, tan fuerte, espero haya tenido contigo la misericordia que no la tuvo conmigo.

20 may. 2013

PUERTAS ABIERTAS, PUERTAS CERRADAS



Estaba caminando por la avenida Javier Prado con más estilo que James Bond. Me metí al centro comercial Jockey Plaza y cuando crucé por una tienda de flores, se me ocurrió comprarle un ramo a mi chica, a mi Chica Bond. La entrada estaba decorada con unos globos que tenían grabados bastante románticos, peluches de más huachafos y tarjetería en general. Cuando llegué al fondo, no encontré a nadie, no había ni siquiera clientes. Escuché unos movimiento detrás de la vitrina, parecía haber alguien ahí pero no me había hecho notar, así que golpeé el vidrio del mostrador y saltó una chica, blanca, pálida, de ojos grises, bonita.
—Hola, en qué te ayudo —me dijo, con una voz llena de ternura, que hizo que me enamoré al instante. Le miré los senos pero no había mucho para ver, pues tenía puesto un mandil que no me dejó contemplarla plenamente, así que me conformé  sólo con su nombre grabado en un pequeño acrílico: Iris.
—Unas flores, las más baratas —le dije, sonriente, tratando de ligármela. Pero era en vano. Lo sabía, era demasiado para mí, y ella lo sabía también, es más, cuando me dijo— 25 soles, incluida la tarjeta — lo dijo en un tono como diciéndome  —ubícate hijito, mira la hembra que soy, y mírate lo poco hombre que eres.
—Bien, dame las flores por favor —le dije.
Ella salió del otro lado de la vitrina, se ubicó donde estaban las flores, adelante, en el mostrador de madera con muchas rendijas.
—¿Qué colores quieres? —me preguntó, en su tono de voz natural, ese tan sensual y erótico. Es posible que estuviera jugando conmigo, jugando a la chica imposible para el chico idiota, o simplemente tratarse de su forma de ser.
—Rojos, todos rojos pasión —le respondí.
—Bien —dijo ella, y continuó. Mientras tanto le miraba de reojo el trasero. Algunas personas pasaron por afuera y me pescaron viéndole las nalgas en ese jean celeste que parecía desgarrarse, pero continuaron con su paso sin hacer ningún gesto de desaprobación,más bien parecían sentir envidia de mi ubicación privilegiada.
En pocos minutos estuvo listo mi adorno. Le pagué y me marché, no sin antes agradecerle educadamente. Era algo que había aprendido desde niño, pues mi madre solía decirme —hijito, todas las puertas se te abrirán con tres palabras mágicas que son: permiso, por favor y gracias—, pero estoy seguro que ni mi madre apostaría que las piernas de Iris se abrirían con esas, ni ninguna palabra. A menos que en los siguientes cinco días ganara el premio Nobel, pero más fácil sería violar a Iris.
En fin.
Seguí caminando con más estilo que James Bond, viendo las elegantes tiendas, entre las tantas el Zara, con su magnifica colección de invierno.
—Algún día vendré de compras aquí, por unas camisas y pantalones, y seguir andando como un James Bond —pensé.
Pronto llegué a mi cita. Mi Chica Bond estaba ahí, linda, jodidamente linda. No tenía nada que envidiarle a Iris. Aunque a decir verdad sí, esos ojos grises y tristes tenían su rara magia, algo de brujería.
Nos saludamos con un beso prolongado, la cogí de la cintura y froté un poco mi pelvis en ella.
—Estás zampado —me dijo. Ni siquiera fue una pregunta, si no una afirmación muy afirmativa.
—No —le dije. Lo que era verdad.
—Pero… no importa —me dijo—. ¿Y esas flores, no me las piensas dar?
—Oh, que estúpido, toma, espero que te gusten mi amor.
Le pasé las flores y ella los olisqueó. Parecía haber volteado incluso los ojos. Se me acercó nuevamente y sentí sus manos en mi trasero, como quien cata el pan para comérselo, lo que significaba que quería cabalgar a este caballo. Por cierto, mi motor estaba con un caballo de fuerza, lo que considero suficiente para una mujer.
—Qué hacemos —me dijo ella.
—No sé.
—Vamos a ver alguna película —propuso.
—Bien, vamos.
Caminamos con elegancia. Ella llevaba un abrigo marrón, una especie de gabardina, adentro se le podía notar unas pantis del mismo color, aunque un poco más claros, al igual que sus zapatos con tacones, que la hacían notar más alta que yo, lo que me excitaba exageradamente. Cuando llegamos al cine tenía ya doliéndome el glande de tanto que golpeaba mi pantalón. Miramos por largo rato el cartel de películas. Eran las 4.30 y todas las funciones habían empezado, las siguientes eran a las 6.30 y 7.00, sin embargo la película que queríamos ver, una comedia musical con Tom Cruse, empezaba todavía a las 7.30.
—¿Esperamos? —me preguntó la Chica Bond.
—A mi me da igual, pero lo que más quiero es ir a algún lugar donde podamos hacer el amor, largo y tendido.
—Mi pequeño pervertido —susurró en mi oreja izquierda y le dio un suave mordisco, lo que volvió loco a mi glande.
De pronto estábamos en las afueras del Jockey Plaza, habíamos salido corriendo como si hubiéramos robado algo y estuviéramos huyendo de la policía. Subimos a un taxi y nos marchamos. Teníamos planeado ir a mi habitación en Ate, pero nos bajamos a medio camino, nos  metimos a un hotel a donde acostumbrábamos ir en nuestra adolescencia. Subimos corriendo, ella me frotaba la entrepierna y yo le manoseaba las nalgas y las tetas.
Una vez adentro, completamente calientes, nos tiramos a la cama a seguir tirándonos. De pronto cuando ya estábamos completamente desnudos, ella paró sus movimientos y me dijo:
—Anda al baño un rato, cuando vuelvas me haces lo que quieras.
—¿Lo que quiera?
—Lo que quieras.
Pensé en practicarle el sexo anal, y me fui corriendo al baño. Pero una vez adentro, me asusté, pensé que se marcharía y me dejaría ahí, aunque no tenía ningún motivo. En unos instantes pensé que entraría una de sus amigas para hacer un trío, aunque ya era pedirle demasiado a la vida.
 Finalmente ella me llamó:
—¡Julián!
—Cuando salí, estaba completamente desnuda sobre una cama de flores, las flores que le había comprado a Iris. Me sentía como en la película Belleza Americana. Salté sobre ella y la hice mía, como un degenerado, como solían hacerlo los actores porno en las películas que me traían adicto, con cachetadas y escupitajos de por medio.
Mientras terminaba, no sé que chucha pasó por mi cabeza, que dije:
—Oh, Iris, maldita.
—¿Quién mierda es Iris? —me dijo Chica Bond. Luego me dio una paliza, como la Catwoman, y yo por supuesto no me defendí como James Bond. Pero esa ya es otra historia.