15 nov. 2011

TOCANDO LA POESÍA


Estábamos todos los obreros sobre la fortaleza de Paramonga, paseando, algunos tomando fotos, chapando. Otros como yo, perdidos, sumergidos en las palabras que sobrevolaban ese cielo celeste. Mirando hacia el mar imponente.
En esos instantes llegó el turno de la poeta Laura Rosales. Ella avanzó despacio hacia el escenario imaginario y comenzó con sus poemas… el último de ellos:


Un día yo despertaré
Pálida con un traje de plumas
Con un corsé ahogando
La infinita canción de mis ojos


En ese breve instante en que su voz acarició el aire, la poesía atravesó como una gigantesca bola de fuego ese cielo celeste, destrozándolo.
Mientras bajábamos de la fortaleza, recordé aquello que me dijo alguna vez el poeta Julio Heredia: Rose tocó una vez a la poesía, era un lago tranquilo atravesado por un enorme meteorito.

Yo lo sentí aquel día.

14 oct. 2011

PROPUESTA INDECENTE


Era mi tercera noche en el acorazado, en ese universo de misiles, en ese mundo lleno de caretas, cuando ese hombre dócil se me acercó temeroso. No sabía cómo distinguir su verdadera edad. Llevaba una mascara tersa y me pregunté: ¿Quién estará ahí detrás?. Ni calcular mirando sus manos, pues llevaba guantes blancos. Magna elegancia.

Me trató con amabilidad en las tres cuatro oraciones que armó para referirse a mí. Aunque en cierto momento noté demasiada melaza en sus labios, no terminó por fastidiarme.
―Me agrada la gente como tú, que persigue sus sueños ―dijo él.
―Es mi tercera noche mar adentro, es poco para saber que tanto aguantaré en estas aguas ―le conté.
―Sé que mucho ―se apresuró, casi cortándome.
―No sabes que tal es mi desempeño con los misiles, no me has visto en combate ―le respondí sin dejar de ver esos ojos negros hipnotizadores. A juzgar por las delgadas líneas de los bordes, debía tener más de cuarenta años.
―No vine aquí para hablar de eso ―dijo, cambiando sorpresivamente de tema– vine porque me pareces un joven agradable, me gustas.
―¿Ah?―dije, ahogándome casi con el oxigeno salado y metálico.
―Si, tengo un trato para ti.
―Bueno, dime, si se trata de afinar mi talento para el combate estaré agradecido ―le comenté. Él soltó una risotada.
―Muchacho esto es una fiesta, ya no estamos en guerra, la armada enemiga regresó a su nación ―me calmó– el trato que tengo es que tengamos una noche apasionada, estoy dispuesto a pagarte.

El hombre de la mascara me había agarrado frio. Me puse furioso y lancé una risa falsa que algunos compañeros alcanzaron a escuchar.
―Antes que digas una palabra, déjame decirte de cuánto se trata ―continuó― son cien dólares.
Retrocedí y me escondí entre mis amigos.
José Pinto, uno de mis amigos me pasó una cerveza al ver que me acercaba.
―No tienes idea de lo que me acaba de pasar ―le dije.
―Qué, seguro hay un extraterrestre en la fiesta, seguro está de incógnito ―me contestó. Él siempre tuvo curiosidad por lo paranormal, juraba incluso que hace unos años en el puerto del Callao una extraterrestre le había enseñado todo lo que hasta hoy sabe del amor.
―Nada de eso ―le respondí― hay un hombre que me dijo para tener sexo.
―Tú y yo, o tú con él ―me dijo.
―Para qué va querer que tengamos sexo, tú y yo ―le dije riéndome.
―No sé, hay cada enfermo en el mundo.
―El caso es que me ofreció cien dólares.
―Así de rápido, mínimo que te invite un café. Como se nota que no te conoce, sabría que te volteas con solo hablarte bonito. Si yo fuera marica, por ti no daría ni cinco dólares.
No le vi ninguna gracia, pero él no paraba de reírse.
Conversamos unas cosas triviales, poco a poco empezaba a pasar a un segundo plano el incidente con el hombre completamente enmascarado.

Horas después, con el tema completamente olvidado, fui hacia el baño, cuando salí me crucé con el hombre.
―¿Lo pensaste mejor? ―preguntó.
―Señor se confunde conmigo ―le dije con firmeza.
―Muchacho, no me digas señor, soy casi tan joven como tú ―dijo calmado.
―Sácate la mascara ―le increpé. Él se negó, supe entonces que no era ningún joven. Se había quitado los guantes, así noté sus arrugadas manos.
Cuando pensé que no insistiría más y me dispuse a retirar, me tomó del brazo y dijo casi perdiendo el control de sus emociones: Que sean doscientos dólares, que digo doscientos, ¡doscientos cincuenta!
Yo sacudí mi brazo con violencia, respiré hondo y le dije animándolo a mirar hacia mis amigos: Mira a todos esos chicos, bastante lozanos y llenos de vida. Note sus brazos, parece que podrían demoler las piedras ¿no?, pues ellos odian a los homosexuales, adoran repartirles patadas y puñetazos.

El hombre acomodó su saco, su corbata y dio medio vuelta, luego me miró doblando el cuello. Con odio. Yo no cambié de parecer.
―Consigue sexo con la vieja usanza ―le dije.
―Esta es la vieja y la más usada “usanza” estúpido ―me contestó.
Yo me quedé consternado. En el mundo, hay más gente teniendo sexo por dinero que por amor.

26 sept. 2011

NAVEGANTES EN PROSA


Blanco.
De pronto te hallarás
hábil navegante en el corazón del hombre,
y le harás
un cielo de flores al objeto amado
lejos, lejos del horror de la gente, muy lejos de ti.

Soñador.
heredaste tierra blanca
para que construyas tu reino y miseria
y le ofrezcas a tu casta eterna alegría y desdicha.

Finalmente, ¿Qué eres?
Te confundo en la oscuridad con los demonios
y en la luz, no eres un ángel.
Viajas montado en el sol hacia dominios estelares
para amanecer con llanto en soledad.
Atraviesas océanos en canoa hacia extranjeros lares
para morir en tu ciudad
mas tu sueño no me engaña hábil navegante
yo sé que tu destino
es nacer, vivir y morir en tus ficciones

Pero a quien yo conozco
es al joven soñador, inestable, melancólico
que se pregunta ¿quién eres?

8 sept. 2011

G E R A L D I N E, LA PRINCESA DE LAS FLORES


Dónde estarás Geraldine mientras yo veo bajar la niebla. Estarás acostándote con muchos navegantes en las calmadas aguas del Amazonas, tal como te aconsejé el día de nuestra despedida, o estarás escribiendo poemas tal como me mentiste para no hacerme llorar. Este invierno me hace recordarte porque fue la temporada en la que nuestro romance comenzó, alcanzó su apogeo y aparentemente terminó; así de fugaz tal como todas las cosas hermosas, sin embargo eternas en el recuerdo.
El día que te vi llegar no sospeché que te quedarías en mi mente más de un mes, como sucedía con todas las demás.
─Hola, ¿qué lees?─ me preguntaste.
─KAFKA─ respondí, extrañado de que alguien me hable de repente en la sala de espera en la clínica dental.
─Tienes algo que ver con la literatura─ me preguntaste, no sé por qué insististe si yo había sido tan cortante, frio.
─No, por Dios, nada que ver, encontré este libro aquí─ te contesté.
─¿A qué te dedicas entonces?─ preguntaste quitándome el libro. Yo, pesimista, no podía creer como una joven tan bonita se interese en mí. Miré para todos lados desconfiado.
─¿Dónde está la cámara escondida? ─te dije─ es común este tipo de bromas, luego lo ponen en internet para que todo el mundo se ría.
─Te hablo para no aburrirme mientras espero ─me contestaste. Yo me esperaba otra cosa, no una sinceridad tan horrorosa.
─Soy un ladrón ─respondí a tu pregunta─ le quito lo que con tanto esfuerzo consigue la gente. ¿Qué hay de ti?
─No hago nada, estoy tratando de encontrar para qué soy buena, el año pasado acabé el colegio. Tal vez me vaya a la selva, siento que tengo que ir allá.
No había nadie en la selva, pero querías irte igual, subirte a esos enormes barcos que llevaban animales de contrabando, changos y guacamayos; tortuguitas y felinos. Todos tenemos un lugar que nos llama, a mí me llama Chipre, no sé.
Mientras hablábamos trivialidades, entró la enfermera y nos interrumpió llevándote a la sala de operaciones, estuve atento a toda la conversación. Si. Problemas en los molares, la quinta vez que vienes, el médico conoce a tus padres que al parecer gozan de gran fama en la ciudad, ¿qué más?, nada más. Sólo el resonar del pequeño limador de dientes. Brrr… brrr… brrr…
Ahora era mi turno, le sacaron placa a toda mi cara para decirme que necesitaba una inyección. Bien, qué podía decir. Me la pusieron y ahora toda mi cara estaba adormecida.
Al salir me esperaste, tenías la sonrisa blanquita, brillante; mientras yo no podía sonreír, no podía mover mi cara.
─No siento nada, podrías darme una cachetada ─bromeé con la cara inmóvil.
─No importa, igual no la necesitas para trabajar ─dijiste y al notar que era un sujeto del silencio, continuaste─ ¿le robas a cualquier?
─No, sólo a la gente que tiene mucho dinero y alardea de ello ─te expliqué sin ser convincente.
─Vamos, te quiero invitar algo ─dijiste con amabilidad. Pero por qué a mí, en esa misma sala de espera había dos jóvenes como yo, mucho más guapos y quizás con más dinero, con más futuro.
─Está bien, escuché que tu familia tiene mucho dinero y fama, ¿Quiénes son?
─A mi papá le dicen el REY DE LAS FLORES ─dijiste, con algo de vergüenza.
─¿Alguien puede ser rico y famoso vendiendo flores? ─pregunté.
Tu padre, el floricultor más exitoso de este pobre país, tal parece que sí. Sus flores son amadas, por todos los muertos, santos y amantes de esta ciudad triste y gris.
Nos fuimos a comer, para ser claro, tú comiste, yo llené la barriga con mucha gelatina y flan. Te confesé que vivía solo, muy cerca de ahí, tú que eras unas persona libre siendo tan joven, que podías quedarte conmigo esa noche y todas las que yo quisiera. Yo te dije que con uno era más que suficiente. Terrible, ni siquiera yo me conocía, fuiste a casa y no pude decir adiós por siete días que parecieron instantes, pues estuve dentro de ti 168 horas, hasta que te fuiste dejándome un surco profundo sembrado de pena.
Recuerdo cada segundo de esos días, aunque no viene al caso, contaré esa riña que tuvimos porque yo había terminado sobre tu casaca favorita.
─Lo arruinaste desgraciado, imbécil ¡no podías apuntar a otro sitio! ─me gritaste.
─No te preocupes eso desaparece ─me defendí, seguro de mi respuesta.
─¿Cómo sabes que desaparece?
─Pues sí, una vez me masturbé, me quedé mirándolo hasta que desapareció en unos diez minutos ─te expliqué.
─¿Hiciste eso en serio?.
─Si, y no sólo una vez.
Nos reímos.
Aquel invierno era fácil superar las riñas, incluso aquellas que tenía conmigo mismo. Bastaba para ser feliz mirarte en el baño arreglándote no sé para qué, si nos quedábamos dentro de la cama todo el día, saliendo un rato al supermercado por la noche, para comprar: pan, leche, manjar blanco, gaseosas. Mirarte poner canciones, teclear mensajes de texto a tu padre que por tanto trabajo no podía ni sospechar dónde y con quién estabas pasando tus días.
Pero no podías más, tu corazón que era ave viajera me dijo de repente adiós, sin ninguna explicación pero con algunas promesas.
─Tú no eres un ladrón ─me increpaste.
─No, no lo soy ─confesé.
─Eres un autor─ y fui descubierto de la peor manera: mostrándome como todo un sentimental.
─No hay problema, tú no lo sabes tampoco, soy poeta.
─Debe ser por eso que nos llevamos bien ─acoté y no hubo más.
Extendiste las alas para partir prometiendo escribir mucho, y yo te aconsejé: No lo hagas, sé feliz, has el amor con muchos navegantes del Amazonas. La literatura no lo vale.
Ahora en este horrible invierno tuve que salir, dejando sola a la contestadora que repite: prrr… prrr… prrr… Hola, soy Efer Soto, se me acabó la plata y me tuve que ir a trabajar.

3 ago. 2011

QUIERO LLEVARTE AL BARRIO


Chica, palabra… que rico que escribes.
Yo también escribo, y casi lo mismo que tú,
ya vez… es el destino.

Este sábado te caigo, firme
te llevo al barrio, al parque a la esquina
para lucirte,
Me quedo ahí a tu lado
moviendo la cola como cachorro
y dando brincos como chango.

El domingo tempranito
a la iglesia de mi santito
para que te bendiga.

Ah, no crees
entonces a la santa curandera
Palabra de borracho.

28 abr. 2011

HOTEL CENTENARIO

Estábamos en el Hotel Centenario, recostados y desnudos, calmados, viendo una película en un plasma bastante ajeno a mí, mientras afuera, en las callecitas empedradas del Cusco las colegialas del turno tarde saludaban la noche con sonrisas coquetas a pesar del intenso frio. El actor musculoso que repartía ramilletes de puñetazos y patadas nos recordaba a la infancia de ambos; al jardín repleto de flores de mi casa en la pradera huancavelicana, y al patio polvoriento de la casa de mi chica en el desierto limeño.

—Mi padre para salvarme de la homosexualidad, me hacía ver esta película— bromeaba al ver a Van Dame regalándole a la vida una patada voladora en la película “LEON PELEADOR SIN LEY”
—No sirvió de nada— decía ella.
Nos reíamos en esta noche que poco a poco pintaba mejor.
—Ahora los chicos ven CREPUS-CULO entiendo porque tantos maricas.
Lo cierto es que el día había sido bastante pesado hasta entonces.
Si es espantoso despertarse a las seis de la mañana, imaginen lo que es hacerlo pero en Urubamba, Cusco, casi a tres mil metros sobre el nivel del mar. Despedirse de tres mujeres y un niño con quienes te has encariñado, luego salir hacia el aeropuerto ilusionado con subirte nuevamente a un avión.
Cuando llegamos e hicimos todo el trámite de rigor, anunciaron que el vuelo de las diez se postergaba hasta la una de la tarde; luego cuando se suponía que nos marcharíamos, anunciaron que se postergaba hasta el día siguiente; a mi chica le daba igual pero yo estaba asustado, tenía miedo de no llegar a Lima porque al día siguiente presentaba en la Casa de la Literatura mi libro de relatos y no sabía muy bien que hacer. Así que fuimos al counter a conversar con la mujer que nos había atendido, mi chica se enfurecía, gritaba, la mujer al otro lado mantenía una calma terrorífica; mientras miraba sus ojos claros que me transportaban a una escena porno, pensaba también que en cualquier momento sacaría un arma y nos asesinaría; porque imaginen cómo carajos se siente una pituca con los ojos claritos, toda lady, gritoneada por una chola cusqueña y su chico no menos cholo; que habían comprado unos boletos de setenta dólares ida y vuelta.

Al ver que mi chica no se calmaba, toda lady pensó en una solución y como a todos los demás pasajeros nos enviaron al hotel Santo Domingo con un vale para el desayuno; pero yo, paranoico de nacimiento decidí que iríamos al terminal terrestre para salir esa misma noche de Cusco, para no fallarle a mi libro; pero cuando llegamos la vendedora nos dijo que el viaje duraba 22 horas. Me asusté y decidimos ir al hotel a pasar la noche.
—El problema por el cual no estamos volando ahora, es que TACA sólo tiene un avión— le dije, serio, mientras el taxi avanzaba lento.
—¿Tratas de decirme que tengo la culpa?— me preguntó fijando sus ojos en los míos, yo trataba de despistarla con un tono bromista —Claro, la culpa es tuya, LAN y otras aerolíneas iban y venían a su antojo, que problema climático, si el cielo estaba despejado.
—¿Santo Domingo es eso?— pregunté al taxista.
—Si señor— dijo él.
No era un hotel, era una hospedaje, tenía pésima pinta, pero no estábamos para niñerías, así que tocamos el timbre; un anciano abrió una pequeña ventanita en la puerta.
—Venimos del aeropuerto, se canceló nuestro vuelo y…
—Habla más fuerte, ya no escucho bien— me gruñó el anciano.
Expliqué gritando lo que había sucedido.
—Llegaron tarde, mi hospedaje se ha llenado de pasajeros de TACA.
—Es tu culpa, ya vez, por haber ido al terminal— me acusó mi chica.
—¡Que!— gritó el anciano.
—Me estaba hablando a mí— le dije.
—¡Que!— vociferó el anciano.
—Cállate carajo— susurré bajito.
—¡Vete a la mierda!— me berreó y cerró furioso la ventanita.
Cuando íbamos calle arriba escuchamos el timbre nuevamente, volteamos y estaba un norteamericano de dos metros, nos detuvimos a observarlo; el anciano no fue menos displicente con él, en contados segundos cerró la ventanita nuevamente.
—Poco respeto— dijo el gringo, luego me miró —¿Están mismo problema?
—Yes— le dije, luego me reí.
—Qué da risa— dijo él.
—mai inglish— le respondí, continuaba riéndome.
—Vamos a la oficina central de TACA que está a dos cuadras— dijo mi chica.
El gringo se subió a su taxi y se largó; tenía mucha prisa junto a su esposa.
Al llegar a la oficina de TACA notamos que todos estaban felices y así solucionaron el problema en un chasquido, nos enviaron al HOTEL CENTENARIO, que aseguraban estaba a dos cuadras; pero ya cansados de estar arrastrando maletas tomamos un taxi; en las afueras del hotel nos cercioramos del letrero de metal dorado que estaba en la pared.
—¿Será este?— dije dudando.
Un sujeto salió corriendo y nos abrió la puerta.
—Esto es un robo— me burlé.
—Es un botones idiota— dijo mi chica, el taxista se rió.
Tomó nuestras maletas y las llevó a la recepción, explicamos lo sucedido y con una gigantesca sonrisa bastante sincera la joven recepcionista nos dio la bienvenida, el joven llevó nuestras maletas a la habitación 202. Estaba maravillado, era un GRAN HOTEL, de cuantas estrellas no lo sé.
Mientras veía la amplia cama de sabanas blancas decidí como quien decide tomar una ducha, hacer el amor, igual que todas las personas del mundo.
Sin embargo, durante el proceso, ella me tomó de los cabellos y me hizo mirarla.
—¿Esto que me haces es normal?— preguntó.
—No sé, ¿está rico?
—Riquísimo.
—Entonces es normal— le dije y escondí mi cabeza nuevamente entre sus piernas.
Al terminar hizo un comentario bastante común —cuántas veces tengo que decirte que tú no eres un actor porno, me tienes cansada con todas esas poses raras.
—Notaste la nueva, ¿con la que terminé?— pregunté con una sonrisa picara.
—Si.
—Me maté pensando anoche, hasta que se me ocurrió, creo que la patentaré.
Ella no paraba de reírse. Mientras que yo buscaba el control remoto para encender la tele; empecé a hacer zapping, había cientos de canales. Deberían meterlos presos por atentar contra la libertad, a esos que abren más canales.

Mi chica salió del baño, se tocó el abdomen y comentó que estaba gorda.
—¿Qué mujer no lo está?— le pregunté, saltó sonriente sobre la cama y se recostó en mi pecho, —¡Mira! es Van Dame— dije eufórico.
Cuando acabó la película, salimos a cenar papás fritas, era lo único que sabía bueno es Cusco, lamento decirlo pero en Cusco la comida es pésima, y te dan el kétchup en un plato de ensalada, como si fueras un perro, tampoco sé que les pasa que comen todo el tiempo sandilla en rodajas, pero, todo eso lo compensa la belleza incaica que aún se observa en los cimientos de muchas casas, edificios y centros comerciales.
De regreso al hotel rondaba mucha gente en la sala de recepción, entonces noté que no había un peruano entre la docena de personas; todos se quedaron mirándome.
—Vamos a la habitación— dijo mi chica.
—Espera, que estas personas me están contemplando— indiqué, me sentía con un buen ángel, con algo especial.
En la habitación, me dispuse a hacer el amor nuevamente; pero mi chica no quería.
—Que te cuesta, si es chiquito y acaba rapidito— le rogué, no paraba de reírse —no te voy a rogar más, tengo dignidad— finalicé y la abracé pegando mi pelvis a su terso y caliente culo.
Era ya de mañana y el aire acondicionado mantenía calientita a la habitación, mas la paz terminó cuando empezó a chillar el celular de mi chica; era su madre; cuando finalizó había miedo en sus ojos.
—Mi mamá se acaba de enterar que estoy aquí contigo— dijo.
—Yo pensé que lo sabía, no debiste mentirle.
—¿Qué decirle?
—Me voy a Cusco con mi salvaje. ¿Qué te parece?
—No es tan fácil— dijo apenada.
—Es muy fácil, más fácil de lo que parece. No hay nada que hacer, vamos por el desayuno.
Cuando ingresamos al restaurante había una mesa repleta de comida, uno podía comer todo lo que pueda. Era una lastima que esa mañana, yo, paranoico de no poder salir nunca del Cusco no tuviera apetito. Nuevamente lo de la noche anterior, decidí quedarme parado un rato en la puerta, dejando que todos esos extranjeros me miraran; contemplaran a un miembro del linaje noble Chanca, quienes habían ido a invadir Cusco, pero que el plan se salió de control al encontrar a un Inca bastante rudo; en fin, de eso hace tanto tiempo ya.
No sabía que le pasaba a toda esa gente; estaban en Cusco y estaban patitiesos al ver a un peruano nato entre ellos. Raros.
Tres horas después estábamos abordando el avión, el único avión de TACA que por fin había sido reparado. Cuando notamos los boletos, eran de clase ejecutiva que ya estaba copada, le explicamos a la aeromoza el tragicómico error, y nos pasó a otros asientos; cuando despegamos sentí un gran alivio y pensé en los hermanos Wright, imagino lo que les dijeron los primeros pasajeros llenos de júbilo, —Que grandiosa mierda han inventado.

4 abr. 2011

HABÍA UNA VEZ UN HOMBRECITO Y UN DIOS QUE LO QUERÍA


Vengo de una tierra llena de abundancia, a donde no ha llegado la moda, la avaricia y todas las rarezas del hombre moderno. Su nombre es San Antonio de Pichiu, un término quechua que significa Gorrión. Nací ahí hace 22 años.

Lo que voy a escribir a continuación nadie se lo cree pero igual lo voy a contar; yo recuerdo el preciso instante en que nací, estaba en plena oscuridad y vi una puerta debajo de mí, y una voz me decía que no tuviera miedo, que saliera por esa pequeña puerta; salí y no recuerdo más.

Durante la infancia lo que más me acercaba a la literatura eran los cuentos de terror que me contaba mi abuela paterna para poderme dormir, debido a ese miedo que había sembrado en mí tuvieron que amamantarme y compartir conmigo la cama mis padres hasta los seis años. Mi papá al darse cuenta que eso era anormal decidió trasladarme a una habitación donde atendía a las personas enfermas que venían a verlo. Mis padres se iban a dormir y me dejaban en esa habitación. Siempre pensé que debajo de esa cama donde habían muerto muchas personas vivían serpientes, felinos, osos; por esa razón tenía miedo incluso de sentarme al filo de la cama y balancear mis piernas.

Mis padres tenían por costumbre la soledad, decían que los amigos sólo te podían llevar por el mal camino, así que trataban de mantenerme aislado por así decirlo, me daban tareas domésticas y cuando terminaba ya era de noche y los niños estaban acostados conciliando el sueño, así que crecí más pegado a los caballos, mulas y burros; vacas, changos, cerdos, gallinas, pavos, patos y sobre todo a los perros, es increíble todo lo que se puede aprender de los animales, sobre todo de los perros, de ellos aprendí la lealtad a los amigos, comprendí que de alguna manera amar también es resignarse a la partida.

Me alejé de mis padres a los nueve años y comencé a vivir con mis hermanas que no soportaron los cambios típicos de mi adolescencia, y me mudé como seis veces con personas distintas ajenas a la familia, viví un tiempo en un restaurantes haciendo mis tareas en la azotea, aunque hacer es mentir porque en realidad me quedaba mirando a los autos, podía quedarme sentado horas mirando hacia un sólo lugar. Hubo gente que creía que uno de esos días moriría, otros que pronto despertaría de ese sueño. Y así pasó, el amor me despertó, no estaba atento a mi existencia hasta entonces, supe que tenía cabello y había que peinarlo, tenía un zapato y lo lustré. Ese muchacho torpe fue alcanzado por la vanidad y salvado de la muerte.

A los trece me acerqué a la creación literaria, traté de dejarlo muchas veces pero la soledad, la tristeza, la desesperación, el amor y todo lo que adorna nuestro destino me hacían volver a la hoja Word en blanco, me gustaría abandonarlo pero me convertiría en ese montón de gente que por el miedo a enfrentar su destino enloquecen o simplemente existen sin vivir, así que trato de entregarme por completo cuando ejerzo el oficio de escritor.

RETORNO A LA SEMILLA es la vida y la muerte, es el papel que nos toca en este mundo; enamorarnos y decepcionarnos, ya sea de las personas o de nuestra madre la sociedad, es la muerte en las historias que se refieren al padre de nuestro personaje principal, quien ha quedado prendado de quienes ya tienen el libro.

La obra tiene su lado social, aunque bastante discreto. Un hombre luego de leer EL SEDUCTOR DE LAS MASAS (uno de los relatos) me confesó que se sentía más aliviado cada vez que transgredía las leyes. Todos somos corruptos, siempre sacamos ventaja del poco o mucho poder que tenemos ya sea sobre algo o alguien. Tenemos la inteligencia para crear leyes pero no una naturaleza capaz de acatarla. No nos sorprenda elegir mal a nuestro próximo gobernante, un ser humano sabio puede hacer una buena elección pero basta darle el poder al pueblo, a las masas para que hagan algo verdaderamente torpe. Como por ejemplo el pueblo israelí, que esperó por 400 años al mesías y cuando llegó lo crucificaron. Hablando de religión soy creyente en un Dios bastante singular, mi familia dice que algún día recibiré el llamado divino y tendré que realizar la obra que hizo mi padre por muchos años, que es evangelizar.

Hay mucho por hacer, no sólo por nuestro país sino por la humanidad, muchas veces pensamos que no tenemos responsabilidades por el hecho de no tener cargos, pero nosotros sin proponérnoslo somos el reflejo del futuro de muchos niños y debemos ser ejemplo para que ellos nunca dejen de creer.

Siempre pensé en esté día y en la emoción que sentiría, en la felicidad que podría darme un libro, sin embargo, siento una extraña sensación que se parece mucho a la felicidad pero que no es; y eso me alegra, me hace feliz no estar feliz, porque una vez conocí a una poeta, un genio, que me decía que siendo feliz no podía escribir, que un escritor lo único de valor que tenía era la tristeza, que con la felicidad terminaba la creación. Algo de cierto tiene esta teoría, porque este poeta un día alcanzó la felicidad y se puso tan triste que no pudo escribir más y se murió.

Debo confesar con verguenza que las historias nacen de experiencias personales, no voy a pretender ocultarme detrás de la ficción, hay mucho de mí en el libro, en él están trozos de mi corazón.

20 ene. 2011

SERÁS ESCRITOR


Cuando era apenas un muchachito, tuve un encuentro poco agradable con Apolo. Un encuentro que ahora, tantos años después, agradezco. Yo jugaba en aquellos campos de hierba verde, orquestados por aves multicolores, cuando ese dios descendió de los cielos con un cofre en las manos. Yo, con la curiosidad de todo adolescente, lo abrí emocionado. Dentro había miles de palabritas sin orden alguno. Intrigado, le pregunté:
–Apolo, ¿de qué se trata?
Por las palabras que flotaban dentro del cofre, supuse que me esperaban la medicina, la arquitectura o las leyes. Él no dijo una sola palabra; parecía enojado por mi desdén. Luego de un largo silencio, al fin habló anunciándome con voz apacible:
–Serás escritor.
Yo me negué a aceptar ese oficio y cerré furioso el cofre. Él, imperturbable, tomó el ardiente arco de su flanco derecho, cogió una flameante flecha de su espalda y apuntando hacia mi sien, repitió:
–SERÁS ESCRITOR.